Sentado en su despacho, el semblante serio y cansado, la mirada triste y desesperada, de vez en cuando negaba con la cabeza como forma de exteriorizar su incredulidad. Llevaba varios días sin dormir, revisando una y otra vez las fichas de sus pacientes, en un principio pensó en una fatal casualidad, pero el último hecho... no, la explicación tenía que ser algo diferente.
Todo comenzó aquel desafortunado 5 de octubre en el que Beatriz se presentó en el hospital con su niño en brazos al que le había subido exageradamente la fiebre, 3 días más tarde, enfermó también ella con los mismos síntomas.
13 de octubre, aparece corriendo Laura, su niña ha estado toda la noche llorando y empezó a vomitar..."un vómito muy oscuro, Señor" esas fueron sus palabras exactas, ingresan a la niña y a los 5 días, mure.
El hecho afecta terriblemente a Laura, su salud comienza a empeorar, incluso presenta una leve ictericia, busca consuelo en Beatriz y a los 2 días ellas y el niño fallecen.
La tragedia ya era más que suficiente, pero aún tuvo que ver cómo morían 2 mujeres más, a las que hacía poco había asistido en el parto.
Estaba buscando un factor común entre todas ellas... cuando llegó el golpe que terminó de hundirlo, el joven Herrera también había enfermado.
Antes de poder hacer nada, antes de asimilarlo siquiera, ya habían dejado este mundo.
Llamaron a la puerta.
- Disculpe Señor, acaban de traer este sobre para usted, se había extraviado.- lo depositó en la mesa.
Con un esfuerzo, Salvino Sierra dirigió la mirada hacia el sobre, con desgana lo cogió y lo abrió:
Estimado Doctor Sierra,
en la presente le envió un detallado informe sobre el historial clínico de María -qué inoportuno, pensó- [...] un aborto[...] dedo gordo del pie [...] siendo su diagnóstico y causa de muerte: typhus icterode.
La carta abandonó sus manos, cayendo sobre la mesa como una losa. La palabra typhus resonaba en su cabeza mientras se desplomaba en su silla, typhus... typhus... como en una película comenzaron a pasar por delante de sus ojos diferentes escenas: ese día en la sala de disección, ¡Herrera cuidado con el bisturí! Descuide Señor, es un corte muy pequeño.... se difuminaba la sala y en su lugar surgía el hospital, el paritorio, se colocaba la chaqueta y entraba, no se había lavado las manos después de estar con los cuerpos de disección... ¡Buenas tardes señoras!..... fácilmente pudo contagiar a las mujeres por alguna pequeña herida que se las abriese en la vagina... igual ocurría con los bebés....
En un ataque de rabia, arrugó la carta y la arrojó a la chimenea en la que empezó a arder como ardía su sangre por dentro de sus venas. Se sentía culpable, impotente, estúpido por no haberlo visto antes, en deuda con su alumno y sus pacientes.
Decidió que su muerte no habría sido en vano y empezó a proponer un código de mayor higiene. El médico debería lavarse las manos con jabón antes de cada operación, y entre los reconocimientos a diferentes pacientes. Siempre que fuese posible usaría guantes, especialmente al hacer disección.
El resto de médicos, al oir sus propuestas, sin escuchar el porqué de esas conclusiones, lo tomaron por loco y lo expulsaron del hospital.
Recluido en una casa de campo, la ansiedad y la demencia comenzaron a apoderarse de él, contaban que en sus breves y agitados sueños se podía distinguir una palabra que repetía atormentadamente... "pifus o algo así" hasta que un día, comenzó a subirle la fibre, su piel se tornó amarillenta... y en sus vómitos había presencia de sangre, a la semana... descansó.
jueves, 15 de mayo de 2008
domingo, 11 de mayo de 2008
7 de Mayo de 1658
Miró a su alrededor. Posiblemente la sala mejor iluminada de toda la facultad, sin duda el lugar más frio en el que había estado nunca. El predominante color gris contribuía a ello, pero debían ser los gruesos y altos muros o el silencio aplastante de sus habitantes lo que conseguía atenuar, a través de las verjas, el radiante sol que brillaba fuera.
La voz del decano le arrancó de estos pensamientos y todavía un poco sobresaltado, miró su mano, suspiró hondo y centró su mirada en el cadáver que yacía sobre la mesa de mármol que tenía delante: mujer, unos... 30 años, la habían rapado el pelo pero aún la belleza descansaba sobre sus rasgos, no había señal física que evidenciase la causa de su muerte, tampoco su profesión aunque esta última era clara, pues de ningún otro modo estaría esa mujer allí.
Hizo un esfuerzo por concentrarse en lo que tenía que hacer y fijó su vista en un punto, hacia ese blanco trató de dirigir el bisturí pero su mano comenzó a temblar descontroladamente. La retiró en el acto. Hizo un nuevo intento, pero con igual resultado.
Tras un largo suspiro, miró al techo, tomó aire, cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, retomó el movimiento. Su mano aún temblaba pero esta vez no interrumpió el trayecto hasta que la punta del bisturí se posó suavemente sobre la piel. El contacto con la superficie del cuerpo enmascaraba el temblor, aportaba firmeza, facilitaba el pulso. Justo antes de continuar, miró de nuevo el rostro de la mujer como pidiéndola permiso o perdón, y entonces, realizó la incisión. Le sorprendió la textura del tejido que se oponía al corte, mucho más frio y terso de lo que había imaginado, resbaladizo en superficie, fácil de rasgar en línea recta si se profundizaba un poco más.
Salvino Sierra, ilustre decano de la facultad de Medicina en aquel entonces, se acercó a inspeccionar su trabajo.
- ¿Qué tal vamos Señor Herrera? -dijo mientras apoyaba una mano en su hombro- Primera disección, ¿no es cierto?
- Así es, Señor -respondió acompañando un tímido asentimiento.
- Ánimo muchacho, ya has pasado lo más difícil.
La voz del decano le arrancó de estos pensamientos y todavía un poco sobresaltado, miró su mano, suspiró hondo y centró su mirada en el cadáver que yacía sobre la mesa de mármol que tenía delante: mujer, unos... 30 años, la habían rapado el pelo pero aún la belleza descansaba sobre sus rasgos, no había señal física que evidenciase la causa de su muerte, tampoco su profesión aunque esta última era clara, pues de ningún otro modo estaría esa mujer allí.
Hizo un esfuerzo por concentrarse en lo que tenía que hacer y fijó su vista en un punto, hacia ese blanco trató de dirigir el bisturí pero su mano comenzó a temblar descontroladamente. La retiró en el acto. Hizo un nuevo intento, pero con igual resultado.
Tras un largo suspiro, miró al techo, tomó aire, cerró los ojos y al abrirlos de nuevo, retomó el movimiento. Su mano aún temblaba pero esta vez no interrumpió el trayecto hasta que la punta del bisturí se posó suavemente sobre la piel. El contacto con la superficie del cuerpo enmascaraba el temblor, aportaba firmeza, facilitaba el pulso. Justo antes de continuar, miró de nuevo el rostro de la mujer como pidiéndola permiso o perdón, y entonces, realizó la incisión. Le sorprendió la textura del tejido que se oponía al corte, mucho más frio y terso de lo que había imaginado, resbaladizo en superficie, fácil de rasgar en línea recta si se profundizaba un poco más.
Salvino Sierra, ilustre decano de la facultad de Medicina en aquel entonces, se acercó a inspeccionar su trabajo.
- ¿Qué tal vamos Señor Herrera? -dijo mientras apoyaba una mano en su hombro- Primera disección, ¿no es cierto?
- Así es, Señor -respondió acompañando un tímido asentimiento.
- Ánimo muchacho, ya has pasado lo más difícil.
lunes, 21 de abril de 2008
Te quiero
Recuerdo la primera vez que lo dije. ¿Dije? No. Mas bien... se me escapó.
Ni siquiera iba dirigido a ti, estrictamente sólo fue un pensamiento en voz alta. Una revelación de esas que no puedes contener dentro, mezcla de sorpresa e incredulidad.
Una evidencia, un sentimiento palpable a pesar de mis esfuerzos, de todas las razones y argumentos con los que había tratado de borrarlo, de relegarlo a lo más profundo... no puede ser! - me dije a mi misma, pero ahí había resurgido. ¿Resurgido? No. En el fondo sabía que siempre había estado ahí.
Tan pronto como oí a mi voz pronunciarlo me arrepentí de ello. Te había puesto en bandeja la ventaja que juré no concederte nunca. Y mientras uno de mis hemisferios recriminaba al otro su torpeza, tu debiste decir algo bonito. Realmente la ardiente batalla que se libraba en mi cabeza no me dejó entender lo que susurraste pero no era momento de pedir una repetición, así que me limité a sonreir y ahora con una doble vergüenza, bajé la cabeza.
De pronto noté que tu mano había abandonado mi cintura y que suavemente levantaba mi barbilla, fue entonces cuando tus labios confirmaron lo que decían tus ojos.
Y entonces sonreí de nuevo, esta vez feliz o estúpida o estúpidamente feliz. ¿Feliz? Sí, esta vez podía ser diferente.
Ni siquiera iba dirigido a ti, estrictamente sólo fue un pensamiento en voz alta. Una revelación de esas que no puedes contener dentro, mezcla de sorpresa e incredulidad.
Una evidencia, un sentimiento palpable a pesar de mis esfuerzos, de todas las razones y argumentos con los que había tratado de borrarlo, de relegarlo a lo más profundo... no puede ser! - me dije a mi misma, pero ahí había resurgido. ¿Resurgido? No. En el fondo sabía que siempre había estado ahí.
Tan pronto como oí a mi voz pronunciarlo me arrepentí de ello. Te había puesto en bandeja la ventaja que juré no concederte nunca. Y mientras uno de mis hemisferios recriminaba al otro su torpeza, tu debiste decir algo bonito. Realmente la ardiente batalla que se libraba en mi cabeza no me dejó entender lo que susurraste pero no era momento de pedir una repetición, así que me limité a sonreir y ahora con una doble vergüenza, bajé la cabeza.
De pronto noté que tu mano había abandonado mi cintura y que suavemente levantaba mi barbilla, fue entonces cuando tus labios confirmaron lo que decían tus ojos.
Y entonces sonreí de nuevo, esta vez feliz o estúpida o estúpidamente feliz. ¿Feliz? Sí, esta vez podía ser diferente.
lunes, 14 de abril de 2008
Alberti
Hubiérais visto llorar sangre a las yedras cuando el agua más triste se pasó toda una noche velando a un yelmo ya sin alma, a un yelmo moribundo sobre una rosa nacida en el vaho que duerme los espejos de los castillos a esa hora en que los nardos más secos se acuerdan de su vida al ver que las violetas difuntas abandonan sus cajas y los laúdes se ahogan por arrullarse a sí mismos.
Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía de las espadas si piensan en que un lirio es vigilado por hojas que duran mucho más tiempo?
Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.
Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía de las espadas si piensan en que un lirio es vigilado por hojas que duran mucho más tiempo?
Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.
martes, 1 de abril de 2008
Destello
Duró sólo un instante, imperceptible para todos aquellos que no saben mirar o que no esperaban ver.
Duró sólo un instante, pero sin lugar a dudas ese resplandor volvió a cruzar sus ojos, como todo relámpago que precede a la tormenta.
Duró sólo un instante, había resurgido ese brillo, tan nítido como en sus mejores tiempos, cargado a partes iguales de genialidad y locura, imposible predecir hacia que lado se inclinaría la balanza en esta ocasión.
Duró sólo un instante, esa fue la última vez que lo vio.
.
Duró sólo un instante, pero sin lugar a dudas ese resplandor volvió a cruzar sus ojos, como todo relámpago que precede a la tormenta.
Duró sólo un instante, había resurgido ese brillo, tan nítido como en sus mejores tiempos, cargado a partes iguales de genialidad y locura, imposible predecir hacia que lado se inclinaría la balanza en esta ocasión.
Duró sólo un instante, esa fue la última vez que lo vio.
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martes, 11 de marzo de 2008
Empezaré por el principio
Tras el fin del mundo ahí estabamos, EL y yo.
Amigos en apariencia, enemigos desde que comenzó nuestra existencia.
Yo no fui sin EL, EL fue mucho antes que yo.
Llegamos a un pacto.
EL sería mi mentor desde la oscuridad.
Yo no lo vería, pero cada paso, cada zancada, cada salto, cada traspié, cada caída, todo, sería vigilado y cuidadosamente controlado por EL.
Me dejé enseñar, me esforcé en aprender y llegué a ser la mejor.
Así empezó, supongo, su curiosidad por mi.
Muchos antes que yo, en todas las épocas, generación tras generación habían tratado de ganarse su respeto con el fin de conseguir su gracia, pero con menor o mayor acierto, ninguno había alcanzado conquistar la plenitud de sus favores.
Y ahí estaba yo, próxima al momento de la prueba, temiendo lo que siempre había esperado y fue entonces cuando decidió que superaba el nivel, que daba la talla, que yo sería una compañera digna y no tuvo el valor (o no quiso) continuar con el plan establecido.
Hizo una excepción, rompió el ciclo, se saltó las reglas, me privó de un aconteciomiento único y programado y ese, fue su error.
Desató el caos, resquebrajó los pilares de la vida, el universo comenzó a tambalearse y lo que después vino... ya no queda nadie a quien le interese.
Y aquí estamos, EL y yo, contemplando la nada desde la eternidad. Eternidad... que sospecho muy larga, pues EL, es el tiempo.
Amigos en apariencia, enemigos desde que comenzó nuestra existencia.
Yo no fui sin EL, EL fue mucho antes que yo.
Llegamos a un pacto.
EL sería mi mentor desde la oscuridad.
Yo no lo vería, pero cada paso, cada zancada, cada salto, cada traspié, cada caída, todo, sería vigilado y cuidadosamente controlado por EL.
Me dejé enseñar, me esforcé en aprender y llegué a ser la mejor.
Así empezó, supongo, su curiosidad por mi.
Muchos antes que yo, en todas las épocas, generación tras generación habían tratado de ganarse su respeto con el fin de conseguir su gracia, pero con menor o mayor acierto, ninguno había alcanzado conquistar la plenitud de sus favores.
Y ahí estaba yo, próxima al momento de la prueba, temiendo lo que siempre había esperado y fue entonces cuando decidió que superaba el nivel, que daba la talla, que yo sería una compañera digna y no tuvo el valor (o no quiso) continuar con el plan establecido.
Hizo una excepción, rompió el ciclo, se saltó las reglas, me privó de un aconteciomiento único y programado y ese, fue su error.
Desató el caos, resquebrajó los pilares de la vida, el universo comenzó a tambalearse y lo que después vino... ya no queda nadie a quien le interese.
Y aquí estamos, EL y yo, contemplando la nada desde la eternidad. Eternidad... que sospecho muy larga, pues EL, es el tiempo.
lunes, 10 de marzo de 2008
El ärbol de la Vida
El Yggdrasil (árbol de la vida) es el fresno sagrado de la mitología nórdica, el sostén de todo lo existente, el eje del universo. Une los Nueve Mundos del universo vikingo.
El Yggdrasil tiene tres raíces, cada una de las cuales toma agua de un sitio diferente. La primera raíz llega hasta el Niflheim, donde se alimenta del arroyo Hvelgermir, que proporciona el agua de la creación, y es constantemente roída por la serpiente Nidhögg. La segunda raíz toma el agua de la sagrada fuente Urd, situada en el Asgard (el cielo de la mitología nórdica), desde donde tres mujeres denominadas Nornas, tejen los destinos de los hombres, los enanos y los elfos. La tercera raíz da al Jötunheim (la tierra de los Gigantes de Hielo), donde se situaba el pozo de Mimir, de donde surgen el conocimiento y la sabiduría.
http://mitologia-pagana.blogspot.com
El Yggdrasil tiene tres raíces, cada una de las cuales toma agua de un sitio diferente. La primera raíz llega hasta el Niflheim, donde se alimenta del arroyo Hvelgermir, que proporciona el agua de la creación, y es constantemente roída por la serpiente Nidhögg. La segunda raíz toma el agua de la sagrada fuente Urd, situada en el Asgard (el cielo de la mitología nórdica), desde donde tres mujeres denominadas Nornas, tejen los destinos de los hombres, los enanos y los elfos. La tercera raíz da al Jötunheim (la tierra de los Gigantes de Hielo), donde se situaba el pozo de Mimir, de donde surgen el conocimiento y la sabiduría.
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